Me enamoré de un gato de aspecto salvaje. Su mirada escondía siglos de supervivencia, astucia, inteligencia. Detrás de sus pupilas algo asomaba: inquietante dulzura, enigmas que para descifrar había que zambullirse en los helados lagos de Noruega para salir de la profundidad de sus bien guardados secretos que sólo comunica a quienes se entregan por completo.
He buceado en su mirada de ancestral desconfianza, matizada de verdes, azules, ámbares; he visto pasear sus tupidos mantos de pardos y suaves colores, su arrogante y segura silueta ha adornado mi vida, su sencillez y seguridad me han dado aplomo en los momentos difíciles, me han secuestrado mil veces, he sentido el síndrome de Estocolmo, me han desarmado y armado, fascinado y conquistado, me han dado paz, me han dado afecto, me han colmado.